viernes, 1 de junio de 2012

DEL CÍNICO AL MEGADIVO




La primera vez que  dije en el parque Colón  que la mayor filosofía de este país la encontraba en Monkey Black, Isidro me miró con cara  de querer fusilarme, aunque se limitó a decir que yo era experto fabricando “Montañas Rusas (de Rousseau a Monkey el mega divo). Lo cierto es que cada vez con más frecuencia hago comentarios similares, más por satirizar los pensadores cuadrados de este tiempo, que  por pretender encontrar  una sabiduría milenaria en las piezas del Mega divo. 
La otra noche di un paso más  en las consideraciones sobre Monkey, llegué a compararlo con los surrealistas como Bretón, Aragón y otros. Sin embargo, pensándolo con algo más de frialdad (aunque no puedo decir que lucidez), la actitud ante la vida de Black, puede  sugerirse parecida a la de Diógenes el Sínico. Entre uno y otro existía el mismo desinterés por lo superfluo, la misión aparente  de vivir para sí  mismos, ajenos los dos a las opiniones  o miradas     indiscretas. 

Quizá diría alguien que ese desinterés no es tal, sino irresponsabilidad, y que en este caso no tendría nada de diferencia con la de Shelo Shack, Black Point, Chimbala o Nipo. Es probable, pero en todo caso ¿Quién no muestra irresponsabilidad consigo mismo y con los demás?. Además, la marca distintiva entre estos otros intérpretes de los ritmos urbanos y Monkey, se aprecia sin mayor complicación en sus producciones. Contrario a las piezas de otros, el Mega divo actúa con una suerte de inconsciencia, dejando que las cosas simplemente fluyan (justamente el ejercicio automático  que tanto practicaron o intentaron los surrealistas). Partiendo de aquí, nada hay de extraño si  inicia una canción hablando de verano y playa, para luego finalizarla hablando de los reyes de España, por suponer un ejemplo. 

La otra gran diferencia entre  exponentes del género como Villano San, Pablo Piddy, Secreto o El Alfa,    gira justamente entorno a la “ingenuidad o inocencia” que pareciera tener; condición que le mantiene aún más cerca  del parentesco con Diógenes.  Esta  inocencia, infantil si se quiere, no está exenta de agresividad, una violencia marcada por el entorno en que se ha desarrollado y la misma actitud irreflexiva  de un adolescente, o en todo caso de algún antiguo  sátiro. Con todo,  cada una de sus piezas representa asombro, búsqueda de placer, laxitud  y dejadez o apatía ante  las situaciones que  con regularidad atormentan los medios de comunicación y la opinión pública.

Expresiones como: Oye que bobo, hablan de su tendencia a sorprenderse por detalles mínimos, de una incredulidad superlativa   frente a las cosas que hace o ha conseguido hacer. De igual manera: no te  hagas, manifiesta  una suerte de declaración  picaresca que  le dice a quien le  escucha: te pillé  infraganti, no me digas que no eras tu; sí, es contigo que hablo, no te hagas el desentendido.  

La obra de Monkey,   en medio de repeticiones inesperadas, de incoherencias verbales e incluso de experimentaciones de lenguaje  fruto de la improvisación sobre el ritmo, cuenta con ciertas nociones  rupestres de ideas,  por llamarles de un modo.  Pues si bien es cierto que no son reflexiones agudas sobre temas sociales o existenciales, también hay que reconocer que van en la misma orientación   de las dudas que con regularidad acosan a jóvenes en  edades  tempranas, justamente aquellos muchachos que bailan y escuchan su ritmo en las discotecas.


La personalidad de  Monkey aparece ante las cámaras como la de un individuo ausente, atento solo a sus propias circunstancias.  Ofrece respuestas  en las que sus contornos quedan tintados de pedantería o esa arrogancia que suele acusársele a determinados artistas. Mas, tras  profundizar  la conversación (siempre a los niveles  que su estilo permita) aparece un tipo joven, desgarbado, en apariencia con más ideas de las que sus capacidades le permiten expresar.

Sin embargo, una vez ante el micro, la línea temática que aborda le hace centellear chispazos que esclarecen  los marasmos que puedan encontrarse tras los gritos  y monerías de cada canción. Sus complejos aparecen reflejados en ocurrencias que se identifican con el colectivo    que  le sigue en una pista de baile. Las interrogantes vienen cargadas de humor, doble sentido y  ocurrencias, a grados en los que los temas reales permanecen colocados en un  trasfondo o a punta de iceberg. Estas  locuras, serían el tipo de fenómenos que presentaría Cortázar en obras como un tal Lucas; mucha simpatía y cotidianidad disimulando tensiones capaces de cortarle  el aliento  a Casaubon o Belbo  con las vueltas   del  péndulo que  recrea en cada bit.


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