La primera vez que
dije en el parque Colón que la
mayor filosofía de este país la encontraba en Monkey Black, Isidro me miró con
cara de querer fusilarme, aunque se
limitó a decir que yo era experto fabricando “Montañas Rusas (de Rousseau a
Monkey el mega divo). Lo cierto es que cada vez con más frecuencia hago
comentarios similares, más por satirizar los pensadores cuadrados de este
tiempo, que por pretender encontrar una sabiduría milenaria en las piezas del
Mega divo.
La otra noche di un paso más
en las consideraciones sobre Monkey, llegué a compararlo con los
surrealistas como Bretón, Aragón y otros. Sin embargo, pensándolo con algo más
de frialdad (aunque no puedo decir que lucidez), la actitud ante la vida de
Black, puede sugerirse parecida a la de
Diógenes el Sínico. Entre uno y otro existía el mismo desinterés por lo
superfluo, la misión aparente de vivir
para sí mismos, ajenos los dos a las
opiniones o miradas indiscretas.
Quizá diría alguien que ese desinterés no es tal, sino
irresponsabilidad, y que en este caso no tendría nada de diferencia con la de
Shelo Shack, Black Point, Chimbala o Nipo. Es probable, pero en todo caso
¿Quién no muestra irresponsabilidad consigo mismo y con los demás?. Además, la
marca distintiva entre estos otros intérpretes de los ritmos urbanos y Monkey,
se aprecia sin mayor complicación en sus producciones. Contrario a las piezas
de otros, el Mega divo actúa con una suerte de inconsciencia, dejando que las
cosas simplemente fluyan (justamente el ejercicio automático que tanto practicaron o intentaron los
surrealistas). Partiendo de aquí, nada hay de extraño si inicia una canción hablando de verano y
playa, para luego finalizarla hablando de los reyes de España, por suponer un
ejemplo.
La otra gran diferencia entre exponentes del género como Villano San, Pablo
Piddy, Secreto o El Alfa, gira
justamente entorno a la “ingenuidad o inocencia” que pareciera tener; condición
que le mantiene aún más cerca del
parentesco con Diógenes. Esta inocencia, infantil si se quiere, no está
exenta de agresividad, una violencia marcada por el entorno en que se ha
desarrollado y la misma actitud irreflexiva
de un adolescente, o en todo caso de algún antiguo sátiro. Con todo, cada una de sus piezas representa asombro,
búsqueda de placer, laxitud y dejadez o
apatía ante las situaciones que con regularidad atormentan los medios de
comunicación y la opinión pública.
Expresiones como: Oye que bobo, hablan de su tendencia a
sorprenderse por detalles mínimos, de una incredulidad superlativa frente a las cosas que hace o ha conseguido
hacer. De igual manera: no te hagas,
manifiesta una suerte de
declaración picaresca que le dice a quien le escucha: te pillé infraganti, no me digas que no eras tu; sí,
es contigo que hablo, no te hagas el desentendido.
La obra de Monkey,
en medio de repeticiones inesperadas, de incoherencias verbales e
incluso de experimentaciones de lenguaje fruto de la improvisación sobre el ritmo,
cuenta con ciertas nociones rupestres de
ideas, por llamarles de un modo. Pues si bien es cierto que no son reflexiones
agudas sobre temas sociales o existenciales, también hay que reconocer que van
en la misma orientación de las dudas
que con regularidad acosan a jóvenes en edades tempranas, justamente aquellos muchachos que
bailan y escuchan su ritmo en las discotecas.
La personalidad de
Monkey aparece ante las cámaras como la de un individuo ausente, atento
solo a sus propias circunstancias.
Ofrece respuestas en las que sus
contornos quedan tintados de pedantería o esa arrogancia que suele acusársele a
determinados artistas. Mas, tras
profundizar la conversación
(siempre a los niveles que su estilo
permita) aparece un tipo joven, desgarbado, en apariencia con más ideas de las
que sus capacidades le permiten expresar.
Sin embargo, una vez ante el micro, la línea temática que
aborda le hace centellear chispazos que esclarecen los marasmos que puedan encontrarse tras los
gritos y monerías de cada canción. Sus
complejos aparecen reflejados en ocurrencias que se identifican con el
colectivo que le
sigue en una pista de baile. Las interrogantes vienen cargadas de humor, doble
sentido y ocurrencias, a grados en los
que los temas reales permanecen colocados en un trasfondo o a punta de iceberg. Estas locuras, serían el tipo de fenómenos que
presentaría Cortázar en obras como un tal Lucas; mucha simpatía y cotidianidad disimulando
tensiones capaces de cortarle el
aliento a Casaubon o Belbo con las vueltas del péndulo
que recrea en cada bit.
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